“Siempre haces lo mismo.” “Nunca me escuchas.” “Todo te da igual.” Palabras como siempre, nunca y todo son hoyos negros: se tragan la conversación y la otra persona sólo puede defenderse.
Decirlo todo no es lo mismo que pedir algo concreto. “Quiero que me pongas más atención” no se puede cumplir, porque nadie sabe cómo se ve. “Quiero que el domingo dejemos los celulares en la cocina mientras desayunamos” sí. Y está bien que te digan que no: el no no termina conversaciones, empieza negociaciones.
La primera vez que hice el ejercicio de decirle “no” a uno de mis vínculos, aunque sabía que era un ejercicio y la petición no tenía ninguna importancia, lloré y lloré. Así de entrenadxs estamos para evitarlo. Por eso esto se practica, no sólo se entiende.
Puedes comunicarte perfecto y aun así descubrir que quieren cosas distintas: más cercanía o más espacio, exclusividad o apertura, hablarlo todo o no tocar ciertos temas. Eso no hace a nadie tóxico. Los hace incompatibles en algo.
Cambia el “eso no debería ser” por el “yo no quiero eso”. Es más honesto, y duele menos.