Auto cuidadoHerramientasPrepárate para hacerle daño a quienes amas.

25 de abril de 2022by Psic. Jaime Gama0
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La primera vez que hice el ejercicio de decirle “no” a uno de mis vínculos, a pesar de saber que era un ejercicio y era una petición sin importancia, ni trascendencia, lloré y lloré mientras le decía “no te puedo decir eso porque no quiero hacerte daño”.
En algún momento de mi vida aprendí que decir “no”, expresar lo que necesito y ser firme acerca de mi autocuidado, le hacían daño a las personas que amo. Por lo tanto, fui desarrollando habilidades de autogestión basadas en ser extremadamente complaciente, mantener mi ojo puesto en las necesidades de la otra persona, invalidar mis deseos y necesidades diciendo “no es para tanto” y, efectivamente, haciendo hasta lo imposible para no tener que decir “no”.
Aunque eso significar abusar de mí
Aunque resultara en experiencias dolorosas y traumáticas para mí mismo.
Lo importante era que la gente a quien amo no sufriera ningún tipo de dolor, ni incomodidad. Yo sí podía pasar por todo eso, probablemente porque yo no era una de esas personas que merecían mi amor.
No puedes andar de puntitas evitando pisar a todo mundo.
En algún momento llegué a pensar que tenía superpoderes y que podía adivinar lo que la gente pensaba o sentía. De pronto me descubría siendo excesivamente acertado en complacer a otras personas sin que estas tuvieran que decirme qué necesitaban o qué les estaba pasando.
Lo que tengo es el superpoder de una respuesta traumática al conflicto. Al sentir que es mi deber que todo el mundo esté contento, me fui entrenando inconscientemente (y a veces bastante consciente) a observar atentamente hasta el más mínimo cambio en el comportamiento de las otras personas. ¿Acaso hubo una mínima alteración en el tono de voz?, su sonrisa está un milímetro más baja que de costumbre, tomó mi mano con un poco menos de fuerza y por un microsegundo menos que antes.
¡Ah, pero no me preguntes qué necesito yo o si estoy incómodo! En el combo traumático también obtuve la habilidad de esconder y blindar la percepción de mí mismo al punto que todo se vuelve borroso, atenuado y, en el mejor de los casos, ignorable. Y si llego a sentir alguna incomodidad, rápidamente procedo a invalidarme utilizando alguna frase popular como “si no estás en el hospital, puedes tolerarlo y no deberías quejarte”, al fin que las he escuchado tan frecuentemente que ya no distingo si es mi voz o la de alguien más. Simplemente asumo que estoy mal y me ahorro el proceso.
Desafortunadamente, me volví demasiado bueno en esto, al punto que si conozco a alguien que quiere ayudarme, me vuelvo rígido, le rechazo o simplemente no logro conectar con esa persona. La única forma que conozco de relacionarme es si yo te estoy ayudando o dando algo.
Esta dificultad me hace pensar en cuando empecé a aprender a bailar. Estar demasiado consciente de mis pies y temeroso de pisar a la otra persona me lleva a alejarme (físicamente) y mantener suficiente distancia para no cometer un error. Entre más me acerque, más probable es que les pise accidentalmente. El problema para mí realmente es que tenía (¿tengo?) un escenario apocalíptico donde el pisar a la otra persona le hará odiarme e irse inmediatamente, cuando es posible (y probable) que simplemente sea un “ouch”, una risa y sigamos bailando.
Porque no es malintencionado.
Porque no todo lo que incomoda a la otra persona es intolerable.
Porque puedo cometer errores y se espera que haya algo de incomodidad cuando estamos tan cerca.
No puedes evitar hacerle daño a quienes amas.
¿Has escuchado el dilema del puercoespín? Es una parábola de Schopenhauer donde los puercoespines necesitan guardar cierta distancia para mantenerse cálidos durante el frío, pero sin estar demasiado cerca para evitar lastimarse con sus espinas.
Entre más nos acerquemos y nos dejemos vulnerarnos ante aquellas personas que amamos, más probable es que nos hagamos daño. Y suena lógico cuando lo pienso como acuerdos rotos, imperfecciones o incompatibilidades que son inevitables en cualquier relación. Sin embargo, no había pensado que esto también aplica a los límites que establezco para cuidarme yo.
Hace poco tuve una situación con uno de mis vínculos, donde me encontré en un espiral donde yo no pedía lo que necesitaba y me llenaba de culpa siquiera pensar en querer algo que le hiciera sentir tristeza, incomodidad o hasta dolor. Mi mayor dificultad era encontrar alguna forma de establecer límites firmes y amorosos, pero asegurándome que él estuviera feliz y cómodo.
Resulta que no siempre se puede. Sobre todo porque los límites son para cuidarme a mí, no para la otra persona.
Con esta situación, pedí ayuda y consejo en un grupo al que pertenezco y recibí uno de los comentarios más duros y certeros de mi vida. Parafraseándolo, era algo así:
“Aprende a dejar que tu vínculo se incomode y hasta sea infeliz. Ten la disposición de vivir la experiencia de ser infeliz por decepcionar a tu vínculo. No te matará a ti, ni a la relación. Si poner límites mata la relación, no es una que querrías – ya sea por incompatibilidades fundamentales o por comportamientos abusivos. Es necesario causarle dolor a quienes amamos para establecer límites, checar compatibilidad y compartir nuestra verdad.”
Paradójicamente, siempre me reconocí capaz y dispuesto a lidiar con el dolor y la incomodidad que me provocaban los límites y deseos de mis vínculos, pero siempre los viví como algo necesario para que nuestra relación funcionara.
Por supuesto, habrá quien diga “¡ay, Jaime, estás justificando a la gente culera que le hace daño a sus parejas!”. Persona que piensa eso, en este artículo estoy hablando de incomodidades que surgen a partir de YO hacer algo que necesito o quiero y que indirectamente puede incomodar a mi pareja. Es muy diferente a hacerle algo dañino a esa persona directamente.
Ejemplos:
  • Hacer algo que incomoda a mi pareja.
    • Yo ir a una fiesta, pedirle a mi pareja que no vaya y que eso le incomode porque le dan celos.
    • Puedo atender su incomodidad, validarla y buscar una forma de que sea lo menos difícil para él.
  • Hacerle algo directamente a mi pareja.
    • Ir a una fiesta y encerrar a mi pareja en la casa para que no pueda salir, ni acompañarme.
    • Ahí estoy directamente actuando sobre mi pareja y su agencia.
No puedes poner límites.
Es increíble para mí lo mucho que se ha aceptado, normalizado y popularizado el privilegio de decir “pues es que tienes que poner límites”. Yo crecí con ese mensaje, acompañado de un bombardeo de “tienes que portarte bien”, “si te quejas, nadie te va a querer”, “no aguantas nada” y “no es para tanto”. ¿Entonces pongo límites o estoy exagerando?
Para poder establecer límites, no sólo tengo que reconocer las actitudes y comportamientos ajenos que me hacen daño, también necesito identificar y validar mis deseos y necesidades para poder honrarlos y protegerlos.
En mi caso, el reto ha sido empezar a moverme hacia lugares que incomoden a mis vínculos y poder confiar en que ellos también pueden lidiar con lo que les pasa. Por supuesto, esto desde un lugar responsable de reconocer que mis acciones tienen efecto en ellos y contribuyen a cómo se sienten. También ha sido esencial para mí empezar a reconocer que si estoy en una relación donde ser auténtico implica llevar a mi vínculo a lugares dolorosos o demasiado incómodos, también puedo decidir que no es una relación en la que quiero estar.
Para alguien complaciente como yo, no es nada fácil, pero es momento de empezar a considerarme como parte del grupo de personas que quiero cuidar porque les amo. Porque nos amo.
Hoy quiero construir relaciones donde nos cuidemos mutuamente, donde podamos reconocer nuestra incomodidad y lidiar con ella de forma colaborativa e individual, donde mis necesidades sean tan importantes como las de mi pareja. Relaciones donde pueda confiar en que puedo cuidarte y puedes cuidarme, pero no necesitemos cuidarnos el uno del otro.
¿Tú qué quieres?

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