Relaciones éticasLa legendaria responsabilidad afectiva

4 de julio de 2021by Psic. Jaime Gama0
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La famosa y legendaria responsabilidad afectiva. La equiparo un poco al santo grial que se dice te puede llenar de gozo y felicidad, pero que frecuentemente es el centro de guerras y batallas donde mucha gente sale herida. Mucha.

Sucede que es un término que se lanza de un lado a otro, a veces como un requisito para ser «buen poliamoroso», a veces como un arma para castigar y juzgar a otros y, de pronto, como una herramienta para poder amar más éticamente.

No es «tú estás triste, te chingas»

En mis inicios en el mundo de la no monogamia, me encontré saturado de mensajes de invalidación de mis sentimientos. No sabía qué hacer ni cómo y al final me los creí todos y terminé en una relación abusiva conmigo mismo. Entré a grupos de personas poliamorosas en redes sociales y veía como aquellos que se atrevían a expresar malestar, incomodidad o miedo, eran atacados sin piedad por personas supuestamente «más deconstruidas» que les decían frases como:

  • «Tu malestar es tu responsabilidad y nadie puede hacer nada al respecto»
  • «Si sientes celos, es porque te falta deconstruirte»
  • «Estás triste porque quieres. Si no quieres sentirte mal, haz otra cosa y ya»

Todo esto, por supuesto, mientras ondeaban la bandera de la superioridad moral que les daba tener «la verdad». Estas personas definían la responsabilidad afectiva así:

Nadie puede hacerte sentir nada que tú no quieras. Tus sentimientos son tuyos y tu responsabilidad nada más. 

Esto viene de los primeros impulsos del poliamor. Cuando empieza, surgen varias posturas radicales que buscan negar, eliminar y alejarse de la mononorma. Entonces el enfoque se va a ser totalmente «libres e independientes».

En una relación vas a perder control y libertad. Si eres completamente libre e independiente, estás solo.

Si me relaciono con otra persona, mis acciones necesariamente van a tener un efecto en ella. Estamos conectados y no nos somos indiferentes. Hay un mar de diferencia entre ser responsable de lo que tú sientes y ser responsable de mis acciones. Pensar y aseverar que «tú te sientes mal porque quieres» es deslindarme de mis acciones y ser, por definición, irresponsable. Llevándolo a un lugar más simple, si te pego y te duele no soy responsable de tu dolor, pero sí del golpe que te di.

Lo que hago te afecta y tengo la habilidad de responder

Aquí quiero hacer una aclaración: esta no es la verdad (me atrevo a decir que ninguna lo es). Como todo el contenido que genero, esto es con base en mi propuesta de relaciones éticas. Si estos valores e ideas resuenan contigo y son compatibles contigo, tómalo. Cuestiónalo y revisa si es algo que te hace sentido a ti.

Desde mi agencia, honestidad, consentimiento y compasión, yo concibo la responsabilidad afectiva así:

Estoy consciente de que mis acciones tienen un efecto en ti y las tuyas en mí.

Si hay algo que yo necesito, es mi responsabilidad hacer algo al respecto (y puedo hacerlo contigo generando una petición)

No soy una isla. Me relaciono contigo y tú conmigo, por lo que la construcción de nuestra relación nos pertenece a ambos.

La responsabilidad es, literalmente, la habilidad que tengo para responder ante algo. Si yo te insulto, habrá una reacción de tu parte y ahí está el momento donde yo decido cómo voy a actuar. Esto implica que reconozco mi agencia por lo que soy capaz de hacer, resolver y atender, no soy una víctima inocente, indefensa, ni impotente.

La parte afectiva sí se refiere a las emociones, pero también a cómo nos afecta lo que hago. Esta es la parte que puede volverse complicada porque me lleva a un lugar de vulnerabilidad donde no puedo solamente dejar el vaso roto y ponerlo bajo la alfombra, sobre todo porque sé que alguien se va a cortar el pie cuando pase por ahí. Acceder a esta parte requiere que yo pueda reconocer mis emociones y las de las otras personas. Hay veces que estoy tan entrenado a que no «debo» sentir, que realmente me es imposible acceder a ellas y, por consecuencia, validar las de las otras personas.

Responsabilidad afectiva en el día a día

Vamos con un ejemplo común: los celos. 

Es cierto que los celos son míos y puede que surjan de necesidades no satisfechas. También es posible que los sienta aunque no estén fundados en la realidad. Si me siento inseguro de que dejes de amarme porque conociste a alguien nuevo, el hecho de que no te hayas ido aún no me va a curar mágicamente.

Sin embargo, también es cierto que el hecho de que salgas con esa persona tiene un efecto en mí. Activa un detonante interno que me lleva a ese lugar de inseguridad.

¿Entonces qué hacemos desde la responsabilidad afectiva? ¿Deberías dejar de ver a esa persona para que yo me sienta bien? ¿Debería yo de aguantarme mis celos porque «no pasa nada»?

En ambos casos, se está actuando de manera individual y asumiendo que la otra persona está por su cuenta. Desmenuzando la experiencia, tendríamos algo así:

  • La persona celosa es responsable de sus inseguridades. Esto implica tomar acción para identificar qué sucede, qué necesita y hacer una petición clara y específica. En caso de que su petición no pueda ser atendida, es su responsabilidad revisar si puede renegociar o si es algo que toca un límite. También es importante que sea consciente de que su inseguridad tiene un efecto en la otra persona.
  • La otra persona es responsable de sus acciones. Si ya tiene el conocimiento de que salir con esta persona detona inseguridades en su pareja, puede decidir hacerlo con plena consciencia del efecto, lo que implica aceptar la incomodidad generada. Aquí puede decidir atender la inseguridad de su pareja y acompañarle. También puede decidir dejar de salir con la persona, pero sólo si es algo que quiere hacer para atender su propia incomodidad de que su pareja esté insegura. Aguas con jugar al mártir de «lo hago por ti».  También es importante que revise qué puede ofrecer y qué es no negociable.

¿La responsabilidad afectiva soluciona el conflicto y nos llena de felicidad? No. 

El objetivo no es sentir bonito siempre y tener todo lo que quiero. Es poder encontrar juntos un lugar donde podamos estar lo más cómodos posible, donde nos sintamos atendidos, comprendidos y acompañados. Puede ser que yo me sienta incómodo, pero sé que no estoy haciéndolo todo solo y no todo es mi culpa/responsabilidad.

Construyendo relaciones más responsables

Una parte crucial de esta responsabilidad es conocer mis propias limitaciones. Ofrecer de más para que la otra persona esté bien es irresponsable conmigo mismo. El atender los efectos que tienen mis acciones en mi propio bienestar también es parte del proceso. Si yo decido dejar de hacer todo lo que me gusta para que tú nunca estés incómodo, aunque eso signifique que viva frustrado e insatisfecho, estoy siendo irresponsable en mi relación conmigo.

No busques la perfección, ni la respuesta correcta. Vas a cometer errores y eso es inevitable. Puedes prepararte y prevenir muchas cosas, pero asegúrate también de tener compasión y saber que puedes reparar.

La responsabilidad afectiva como un arma

Es muy común en nuestra sociedad encontrarnos con personas que hacen todo por que estemos bien. Al expresar incomodidad o tristeza, recibimos frases como «todo va a estar bien» o «no te preocupes». Esto puede venir de un lugar súper amoroso, la realidad es que no atiende mi necesidad sino la de la persona que me acompaña. Mi incomodidad le mueve y es algo que quieren modificar para poder sentirse cómodos.

Esta es una manera muy sutil de invalidarme y  nuevamente, no necesariamente viene de un lugar malvado y cruel, ya que no sabemos hacerlo de otra manera. Realmente es muy incómodo estar en la incomodidad con alguien más. Por supuesto que nuestra primera respuesta va a ser intentar arreglar el problema. Así todos estaremos mejor, a costa de la persona que se siente mal.

Ejemplos no tan padres de la responsabilidad afectiva
Ejemplo 1.

Hace muchos años, tuve una situación con una persona muy cercana a mí que me ayudó a entender esto. Por su edad, ella tenía malestares, algunas enfermedades y, sobre todo, problemas emocionales. Cada que me contaba de algo así, yo la escuchaba y le sugería médicos y psicoterapeutas, al punto de ofrecer pagarle el tratamiento para que no tuviera que preocuparse por nada. Ella los tomaba a veces, pero generalmente sólo seguía en su malestar.

Yo me enojaba y frustraba porque no entendía la necesidad de estar así, hasta que un terapeuta me dijo «tú no eres nadie para decirle cómo se tiene que sentir».

Esto me sorprendió y confundió. «¿Entonces la dejo sufrir y ya?», le pregunté. Él me respondió que no era mi responsabilidad el bienestar de esta persona, pero el mío sí. Me di cuenta de que además de que yo quería que ella mejorara, necesitaba no sentirme mal cada que la veía. Aquí mi responsabilidad afectiva era principalmente conmigo mismo. Al final hablé con ella y le dije que la quiero mucho y que cuenta con todo mi apoyo cuando lo necesite, sólo tiene que pedírmelo y ahí estaré. También le dije que yo necesitaba cuidarme y el verle en sufrimiento constante me hacía mal, por lo que iba a tomar distancia para cuidarme a mí mismo.

Yo no soy nadie para decirle cómo sentirse, pero sí soy alguien para determinar cómo quiero sentirme yo.

Ejemplo 2.

Un amigo muy cercano llegó a mi casa después de un problema enorme con su pareja. Nos sentamos y pasó horas platicándome lo que había pasado entre lágrimas, enojo y una que otra pausa desesperanzada. Le pregunté cómo necesitaba que lo escuchara utilizando la trifuerza de la comunicación y él me pidió sólo empatía (sin soluciones). Lo escuché y acompañé con toda la empatía y compasión que tenía en mi arsenal. Cuando terminamos le pregunté «¿Te sientes escuchado y acompañado por mí? ¿Es suficiente lo que te he dado para que sientas satisfecha tu petición hacia mí?», a lo que él respondió que sí era suficiente.

En ese momento, le dije que yo tenía una necesidad y una petición para él. Le dije «me siento triste y preocupado por ti y quiero ayudarte para poder atender estos sentimientos que son míos, puedes decirme que no y está bien». En otro momento, hubiera pensado que ofrecerle ayuda es «para él», cuando realmente el que estaba pasando por la incomodidad era yo. No me gusta saber que alguien que quiero está sufriendo, por lo que hacer algo al respecto es para mi propio bienestar. Esto es importante porque, en caso de que lo hubiera rechazado, yo me quedo con mi propia necesidad y puedo buscar cómo atenderla. Si me vendo la idea de que es para él, respondería con un «pues qué ingrato, y yo que quiero ayudarte».

La responsabilidad afectiva es una herramienta

Me ayuda a conectar con otras personas al entender cómo me siento, qué necesito y saber que puedo hacer algo al respecto. También me ayuda con la empatía y compasión, sabiendo que no todo es mi responsabilidad y que tampoco soy impotente en mis relaciones.

¿Es sencillo? No. ¿Vale la pena? Definitivamente.

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