Compasión – Abrazando nuestro dolor

Cuando muchos empezamos nuestro camino hacia relaciones más funcionales, dejando atrás la ilusión del amor Disney, nos encontramos con el término “responsabilidad afectiva”. Esto implica que yo soy responsable de lo que me pasa y nadie puede hacerme sentir algo que yo no quiera. Suena bonito cuando piensas en quitarte cargas como el tú me hiciste sentir mal y poder decirle a la persona que necesita hacerse cargo de lo que le toca.

Desafortunadamente, esto puede rápidamente convertirse en un arma. Últimamente, estamos tan obsesionados con deslindarnos del amor “tóxico” que terminamos en interacciones muy crueles. Es cierto que yo no puedo hacerte sentir mal, pero también es cierto que la experiencia sucede entre ambos y yo estoy involucrado. Al menos, si estoy con alguien que me ama, esperaría que le importara mi bienestar.

Asume buena intención

En mi artículo de los cuatro pilares de las relaciones éticas, menciono que la compasión es esencial para asegurarte de que no estás incurriendo en violencia sutil; en otras palabras, que no te estés pasando de cabrón.

La compasión en este contexto es asumir buena intención del otro y que está haciendo lo mejor que puede con lo que tiene.

Algunos crecemos en ambientes que nos enseñan que para expresar amor hay que mentir, esconder cosas, manipular y hasta ser violentos. Conozco muchos hombres heterosexuales cisgénero que sólo pueden abrazar a otro hombre golpeándolo (no palmaditas, realmente golpeándolo) en la espalda. El contacto y la intimidad son muy amenazantes y necesitan ser acompañados de algún gesto que mantenga su virilidad intacta. He visto grupos de amigos unidos por el gusto por criticar a otras personas, donde la forma de establecer conexión es haciendo menos al otro para poder permanecer en un nivel seguro.

Y es que si nunca te enseñaron que había otra forma de amar, ni siquiera vas a tener la oportunidad de cuestionar si lo que estás haciendo te es agradable o no.

Un elemento que ha cambiado mi vida radicalmente es asumir que mi pareja tiene la intención de expresar amor y conservar nuestra relación cuando hace lo que hace. Hasta cuando decide cerrarse y alejarse, enojado por algo que le disgustó y se rehusa a hablar del tema. O cuando rompe un acuerdo que tenía conmigo acerca de algo importante. Asumo que en ninguna de esas ocasiones mi pareja pensó voy a hacer esto para joder a Jaime y que sienta dolor. En este artículo puedes ver ejemplos más claros de cómo estas acciones tienen una necesidad y un deseo amoroso detrás, por más difícil que parezca creerlo.

¿Entonces le perdono todo y ya?

Aguas. La compasión es para comprender, no para justificar. Veamos un ejemplo menos amenazante:

Yo nunca como huevo. NUNCA. Me da mucho asco en todas las formas posibles. Un problema enorme que tengo es que para los desayunos todo es “huevo con”, “huevo en” o, de plano, nomás le echan un huevo porque sí.

Hace unos años fui a comer a un mercado y pedí un rico y delicioso arrocito como segundo tiempo. Al llegar el plato, me doy cuenta de que tenía un huevo frito encima. Le mencioné a la señorita que yo no lo había pedido con huevo y ella, con una gran sonrisa, me dijo no se apure, joven, es cortesía de la casa. Entonces, con toda la pena del mundo le dije que se lo agradecía y que yo no como huevo. Lo que hizo después fue llevarse el plato, quitarle el huevo y regresarme el arroz.

Obviamente, el arroz tenía pedacitos de huevo y, seguramente, también sabía a huevo.

¿A dónde va todo esto (aparte de horrorizarte con la idea de que yo no como huevo)? Ella no pensó voy a ponerle un huevo al arroz para joder su día. La verdad, nunca sabré qué pensó, pero elijo asumir que lo hizo como un gesto de amabilidad. ¿Significa eso que tenía que violar mis límites y comer el arroz con todo el asco que me da? No.

El entender que la intención del otro no es hacerme daño no implica aceptar su comportamiento. Trasladando ese ejemplo a una relación de pareja, si la forma en que mi pareja expresa amor no es agradable para mí, puedo pedir exactamente lo que necesito. Si no puede dármelo o me lo da con pedacitos de huevo, puedo elegir no recibirlo.

La compasión mal entendida

El Dalai Lama define la compasión como “una emoción que es el sentido de sufrimiento compartido, frecuentemente combinado con un deseo de aliviar el sufrimiento de otro o mostrar amabilidad especial a aquellos que sufren”. Para entender esta definición hay que saber que el sufrimiento y el dolor NO son lo mismo.

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional.

El sufrimiento es eso que nos sucede cuando no aceptamos el dolor que nos pasa. Como cuando te están carcomiendo los celos y en lugar de sentarte a platicar con ellos (aprende cómo aquí), te la pasas diciéndote que no debes sentirte así y que es absurdo porque tu pareja te ama, mientras tu estómago sigue revuelto. Entonces la compasión es poder entender que el otro está pasando por dolor que le es difícil procesar o aceptar y poder acompañarlo en eso. La compasión NO ES QUITARLE EL DOLOR AL OTRO sino poder acompañarlo en él.

La compasión TAMPOCO es perdón. Puedes ser empático y entender que tu pareja no tiene la intención de hacerte daño y, al mismo tiempo, validar tu propio dolor y responsabilizar al otro de lo que le toca. Una respuesta compasiva es:

Entiendo que llegaste tarde por una razón válida y que no era tu intención lastimarme. Yo me siento triste porque siento que mi tiempo no fue tomado en cuenta. ¿Podemos platicar acerca de cómo ayudarme a sentirme importante y llegar a un acuerdo para atender esto de una forma diferente la próxima vez?

La compasión NO es sentir lástima porque el otro no tiene herramientas, sino reconocerlo tal y como es. No es decirle ay, pobrecito, no puedes comunicar tus necesidades porque te da miedo, sino entiendo que te es difícil, ¿qué podemos hacer para trabajar hacia eso?. Tampoco es dar pases libres para que los demás eviten hacer el trabajo que necesitan.

La compasión empieza contigo

En una relación, la compasión no implica darle permiso al otro para que te haga daño. La idea es dejar de ver al otro como “bueno” o “malo” y entender que es un ser humano con historia, con dificultades y virtudes. Con esto se abre la comunicación a encontrar nuevas formas de relacionarse. Pero, para eso, primero debes ser compasivo contigo mismo.

Piénsalo como el clásico ejemplo del avión. Antes de ayudar a otros con la mascarilla, debes asegurarte de tenerla bien puesta tú. Sé compasivo contigo mismo, sabiendo que haces lo mejor que puedes con lo que tienes. Si te equivocas, es lo mejor que podías hacer y ahora puedes buscar una forma diferente de hacer algo.

¿Cómo se ve la compasión?

Saber que no todo es acerca de ti. Lo que le pasa al otro tiene más que ver con él, con su historia y con sus aprendizajes que contigo. Ve a la otra persona como lo que es, no lo que te gustaría que fuera. La realidad es que, por más que se gusten y se amen, es posible que no pueda darte lo que necesites. En ese caso, la decisión es flexibilizar tus expectativas o tomar una decisión acerca de la relación. Sabiendo esto, ¿cómo puedes acompañar al otro en su proceso? y, aún más importante, ¿quieres acompañarlo? Recuerda que uno de los cuatro pilares de una relación ética también es el consentimiento, que puede ser retirado en cualquier momento.

Compasión también es confiar. Confiar en que la otra persona es capaz de crecer y aprender, poniendo acuerdos que pueden ser renegociados mientras mantienes límites firmes y amorosos.

¿Por qué es difícil?

Por alguna razón, asumimos que nosotros somos los protagonistas, personajes tridimensionales con un arco desarrollado, y que todos los demás son personajes secundarios o terciarios que dependen de nuestro desempeño. Los demás no están en un estado neutral esperando nuestro estímulo para reaccionar de acuerdo a lo que queremos. ¡Ellos también tienen su historia! Nuestra sociedad ahora nos lleva a enfocarnos en lo que nos hace diferentes y nos aleja de lo que nos une en similitud. Valoramos la competencia sobre la cooperación y pareciera que siempre estamos peleando por ser el número uno. Vemos a las personas como buenas o malas, no como seres complejos con decisiones y cambios constantes.

La compasión es difícil porque no nos enseñan a acompañar al otro validando su experiencia.

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